En Santander, el término “raquero” tiene un origen profundamente ligado al mar y a la picaresca popular. Históricamente, se conocía como “raqueros” a unos niños muy jóvenes que rondaban el puerto de la ciudad, especialmente a finales del siglo XIX y principios del XX. Eran niños de la calle, a menudo descalzos y con pocas posesiones, cuya habilidad era zambullirse ágilmente en las frías aguas de la bahía para recuperar las monedas que los turistas o los transeúntes arrojaban desde los muelles, a modo de diversión o limosna. Su vida era una aventura diaria de ingenio, supervivencia y audacia.
Con el tiempo, el significado de la palabra ha evolucionado, despojándose de su contexto original y adquiriendo un matiz popular más amable. Hoy en día, se emplea con cierto cariño para describir a alguien con un espíritu indomable, rebelde, audaz, descarado o con ese toque pícaro que en el norte a veces se describe como un poco “macarra”. Es un adjetivo que celebra la singularidad y la personalidad fuerte.
Por eso, nuestro modelo Raquero se lo dedicamos a esos perros con alma libre, a los que tienen un carácter inconfundible, que trazan su propio camino en cada paseo… y por supuesto, a los que tienen un puntito gamberro que nos roba el corazón.


